lunes, 6 de septiembre de 2021

Amar en tiempos de frontera

 

Hace no mucho tiempo una mujer me decía que había sido una “valiente” por casarme en plena pandemia. Yo asentí con la cabeza y me quedé pensando en la palabra valiente y en lo fácil que parece todo desde el privilegio del pasaporte rojo.

Casarse en España, entre españoles, es un trámite, es pedir cita en el juzgado, en la iglesia o en la mezquita e ir a firmar los papeles. Es esperar en el peor de los casos dos o tres meses. No necesitas nada, ni capacidades, ni apostillas de la Haya, ni traducciones juradas.

Vale, lo admito, quizás si quieres poder celebrarlo en ese restaurante de moda, en esa iglesia tan cotizada o con esa banda de música, necesites empezar un poco antes, pero al final todo el fácil, no hay problemas. No hay fronteras.

Sin embargo, cuando existe una frontera por el medio, todo cambia. Cuando tu pareja no tiene pasaporte rojo, cuando vive al otro lado del estrecho, al otro lado de la frontera; de esa frontera que mata, que deja huérfanos a padres, madres e hijos por igual; que rompe vidas, que ahoga deseos y que olvida, todo cambia.

Es entonces cuando casarse, algo tan sencillo, algo tan bonito, se convierte en una carrera de obstáculos. Una carrera para demostrar que te quiere, que lo quieres, que no es mentira, que todo es verdad. Una carrera que agota, que deja sin fuerzas, que estigmatiza, juzga y a veces, no quiere entender. No quiere entender que el amor existe, que la relación es verdadera, que la distancia duele pero no rompe. Que todo es de verdad.

Tener una relación con una persona del otro lado del estrecho son comentarios y son dudas. Dudas del resto, miradas, frases, bromas que no lo son. Es demostrar.

Demostrar continuamente, hasta el agotamiento. Demostrar a la sociedad que es verdad, y a las autoridades que todo es cierto.

La capacidad. Una capacidad matrimonial que debe capacitarme a mí, porque entiende que yo no sé, que yo, que nosotros, no podemos decidir lo que queremos hacer. Una capacidad que nos infantiliza, que nos trata como menores influenciables, como personas que necesitamos de alguien más, de un estado, de un funcionario, de una administración que nos diga que sí, que podemos casarnos, que nos queremos, que todo es verdad.

Preguntas, respuestas con miedo, por si te equivocas, por si ese día se te olvida cuál es su comida favorita o el número de su calle. Preguntas de un extraño, una persona que no te conoce, que no sabe nada de tú vida ni de la de él, pero que tiene en sus manos el permiso, el decir sí o no. Tu futuro está en sus manos, en que las fotos le gusten, en que crea las respuestas, en que, en veinte minutos, decida si es amor de verdad o no.

Un extraño al que le cuentas tus planes de vida, tus intimidades, tus deseos, que ve tus fotos, las mira y analiza.

Toca esperar. Esperar un día, y otro, y un mes, y dos, y tres, y así  más de 15 hasta que llega. Llega el papel que esperas. Aprobado. Más ilusión que la nota de selectividad. Un año y medio de espera y parece que sí, que España nos deja, que nos permite casarnos.

Que ese funcionario o funcionaria al que se interesaba tanto cuál era nuestro plato favorito o por qué yo no hacía deporte ha dicho que sí, que es amor de verdad, del real, que no es mentira, que a sus ojos, nos podemos llamar pareja.

Pero la cosa no acaba aquí, tocan más entrevistas, más papales, mas idas y venidas, más “ espera” más “no sé”, más preguntas. ¿Cuánto gano? ¿dónde trabajo? ¿dónde nos conocimos? Me siento como esas famosas a las que preguntan por la calle y persiguen reporteros, pero en este caso no son reporteros con cámaras, son funcionarios, policías, más funcionarios y más policías. Son certificados médicos, pruebas de no embarazo, apostillas, fe de vidas, traducciones juradas...

Y por fin llega el día, tenemos el visto bueno. Después de más de dos años de espera y una pandemia. Ya está, por fin, no me lo creo. No nos lo creemos. ¿Está pasando de verdad o aún falta algo?

Después de tanto tiempo de esperas, de viajes, de idas y venidas, por fin. Firmamos. Firmamos ese papal tan ansiado, y  ya está. No queremos una gran fiesta, ni muchos invitados, ni regalos ni ropa de etiqueta, porque ya está.  Parece mentira. Aún no me lo creo. Aún no nos lo creemos.

Qué difícil amar en tiempo de frontera, qué difícil querer con distinto color de pasaporte, qué duro tener tu futuro en manos de otros.

Espera. Espera. Espera. Un poco más, un poco más. Ya está.

martes, 2 de abril de 2019

Soy de pueblo, soy rural

Tengo una carrera, un máster y hablo 3 idiomas. He vivido en dos países y visitado unos cuantos más, y sí soy de pueblo. Soy de un pueblo de poco más de 300 habitantes, escondido en la desembocadura del río EO, en el occidente de Asturias, ese gran olvidado.
Soy una de las cientos de miles de personas que hemos crecido jugando en la calle, respirando aire puro, comiendo huevos y patatas de casa, escuchando a tu madre gritarte por la ventana para que entrases a comer.
Soy una de esas personas que ha tenido la suerte de criarse sin miedos, sin prisas, con calma, con cocinas de leña, con chimeneas, con magostos en el colegio, con carreras en bici por el prao. Soy a "filla da manteleira" porque eso no cambia, ni cambiará, porque no quiero que cambie.
Pero también soy una de esos cientos de miles de personas que tenían que coger un autobús para ir al instituto, que no tenían pediatra más de tres días a la semana, que si se ponen enfermas por la tarde tienen que ir a urgencias a otro pueblo, que necesitan el coche para moverse, porque el transporte público no existe, y que se ha tenido que ir para poder buscarse la vida, aunque sea algo.
Soy de esas que ha visto como la administración autonómica y estatal se olvidaba de ellas, y como la gente de ciudad, que por una extraña razón que no entiendo llega al pueblo con un rancio aire de superioridad la llenaba de etiquetas o en su defecto de comentarios totalmente fuera de lugar
Comentarios como " no me creo que una niña de Castropol viva en Madrid", "qué graciosa, de Castropol y viviendo en Polonia", " ay, ¿y sabes hablar inglés?". Comentario que se repiten verano tras verano, periodo vacacional tras periodo vacacional, comentarios de gente de la capital que se cree legitimado a etiquetar, juzgar e insultar a personas por haber nacido en un pueblo, al que paradójicamente, recurren cada fin de semana libre.
Ser de pueblo no es un insulto pese a lo que muchos piensan. Ser de pueblo es un halago, es recordarme las raíces, es saber lo afortunada que he sido de nacer y crecer donde lo he hecho. Es ver vacas, ver verde, ver mar, ver gente, saludar, sonreír, tener paz.
Es volver al inicio de todo y volver con la cabeza alta.
Ser de pueblo es una suerte, una SUERTE escrita con mayúsculas.
Basta ya de ponernos etiquetas, de quedarnos callados cuando nos dices cosas, de agachar la cabeza. Basta ya de pensar que son más que nosotrxs por haber nacido en una urbe. Basta ya de asentir y callar. Hablemos, mostremos el orgullo de haber nacido donde lo hemos hecho. Pongámonos nosotrxs la etiqueta, pero una etiqueta positiva llena de vida, de paz y de calma. No dejamos a nadie que nos la ponga. Tomemos la palabra y la voz que tantas veces nos han quitado, dejemos de ser la España olvidada y empecemos a pedir ser la España escuchada.
Una vez un niño le dijo a mi madre que pensaba que la leche venía del cartón porque nunca había visto una vaca. Eso si es triste y no haber nacido en un pueblo de 300 habitantes.

domingo, 3 de febrero de 2019

18 minutos y 40 segundos

Hoy, con lágrimas en los ojos, os quiero pedir un favor. Os quiero pedir que dediquéis 18 minutos y 40 segundos a este cortometraje documental.
Os quiero pedir que dediquéis 18 minutos y 40 segundos a conocer una realidad para muchos desconocida: la realidad del pueblo palestino.
Hacedlo por los millones de refugiados palestinos que se han visto obligados a dejar su tierra, por los cientos de miles de asesinados por profesar una religión determinada y vivir en una tierra concreta.
Hacedlo por los miles de niños y niñas encerrados en cárceles israelís, por los desaparecidos. Hacedlo por las madres y los padres que lloran la muerte de sus hijos; por los hijos que lloran la muerte de sus hermanos.
Hazlo por cada una de las víctimas del estado sionista de Israel. Hazlo por aquellos a los que se les ha arrebatado su casa, sus tierras, su vida, su libertad.
Dedica 18 minutos y 40 segundos a ver la realidad que muchos quieren tapar, la realidad que cada día desde 1948 sufre el pueblo palestino. Un pueblo que solo quiere que le dejen vivir en paz, en su tierra.
Dedica 18 minutos y 40 segundos a esta denuncia ala vulneración constante de derechos humanos por parte de Israel, una vulneración apoyada por Occidente.
Si lo habéis visto, os pido que cierres lo ojos y que te imagines una cosa. Imagina que un día llega alguien a tu casa y te echa. Te dice que te vayas, que esa casa ahora es suya. Imagina que mañana entra dos soldados a tu casa y se llevan a tu padre sin decirte por qué, y que de paso se llevan también a tu hermano.
Imagina que no puedes ir a la universidad porque está destruida ni puedes ir al médico. Imagina que vives entre escombros, que no puedes salir a la calle porque no es seguro.
Imagina dormir entre sonidos de disparos y con un ojo abierto por si pasa algo. Imagina tener fotos en tu casa para recordar a tus primos y a tus hermanos que han sido asesinados mientras jugaban al balón o iban a pescar.
Imagina no tener luz, no poder trabajar y apenas tener comida.
¿Lo has imaginado?¿sí?
Pues ahora imagina que a ese que te está haciendo todo eso solo por haber nacido en tu casa, en tu tierra, nadie le dice nada.
Imagina que no es solo que nadie le diga nada, si no que además, lo apoyan, y a ti no. Lo reciben engalanados, lo apoyan, lo ratifican, lo reconocen. Día tras día, año tras año y a ti no.
¿Cómo te sentirías?
Ese sentimiento que tienes es el que tienen los millones de palestinos que han vivido y viven bajo la amenaza constante del estado de Israel. Un estado sionista que está llevando a cabo el apartheid del pueblo palestino.
Hoy te pido una última cosa, te pido que denuncies lo que está ocurriendo en Palestina, que pongas voz a los millones de palestinos que no la tienen, que no te olvides, que no te hagan olvidar.
Dentro de unos meses es Eurovisión, no seas cómplice de la propaganda israelí, este año no veas el programa, no seas cómplice de Israel.
https://www.youtube.com/watch?v=57Ss2Zk7Jb4

jueves, 10 de enero de 2019

“ A LA MUJER Y A LA MULA VARA DURA”


Cuando hace unos meses leía un libro sobre la mujer en Marruecos titulado “A la mujer y a la mula, vara dura” no me imaginaba que sería capaz de vivir de primera mano la realidad allí mostrada.
Situado en el alto atlas marroquí Ait Yakoub es un pueblo de alrededor de 1.000 habitantes donde viven cerca de 200 familias dedicadas a la agricultura y al truque.

Llegar al pueblo no es fácil, dos horas de curvas a través de las montañas en un autobús que pasa dos veces al día, una a las seis de la mañana y otra a las siete de la tarde, es la única vía de comunicación entre esta aldea bereber y Er-rich, la ciudad más cercana.

Entrar en Ait Yakoub es como entrar en otro mundo. Casas de adobe construidas en la ladera de la montaña, caminos de tierra, animales sueltos, tranquilidad, niños y niñas que juegan solos, y un sistema patriarcal lleno de mujeres fuertes sin poder de decisión.

Las mujeres de Ait Yakoub son el pilar de esta comunidad. Mujeres que se encargan de la casa, de los hijos y del trabajo fuera del hogar. Para estas mujeres el día empieza muy temprano, a las cinco de la mañana cuando se levantan para dejar preparado el desayuno de toda su familia antes de irse a trabajar al campo. El trabajo en el campo no es nada fácil y muestra de ello son las espaldas de mujeres como Fatma o Aisha, marcadas por las duras jornadas recogiendo cereales y por los 50 kilos de peso que cada día llevan a sus espaldas.  La jornada laboral tan solo acaba de empezar. A la hora de comer dejan su trabajo en el campo y vuelven a casa, a preparar la comida a sus maridos. Comen y otra vez al campo a trabajar. Cuando acaba el trabajo en el campo vuelta a casa a atender los deseos del marido  que se pasa las horas tomando té sin hacer nada con los demás hombres de la comunidad. 
Y así día tras día, sin descanso, los 365 días del año. 

Nacer hombre en Ait Yakoub, igual que hacerlo en alguno de los pueblos colindantes, es motivo de celebración, nacer mujer no tanto. Los hombres controlan a las mujeres dentro y fuera del hogar, son los encargados de ir a Er-rich a vender las frutas que recolectan las mujeres y de gestionar el dinero. Lo mismo pasa con los hijos varones. Ducados desde pequeños en la superioridad a la mujer. El niño va en el burro mientras que la niña va andando, la niña porta a su hermano pequeño, el niño no, las niñas no estudian, los niños sí. En Ait Yakoub solo hay educación primaria, lo que significa que si los padres no tienen recursos suficientes para pagar el transporte al pueblo más cercano con educación secundaria sus niños no podrán estudiar. Si una familia tiene recursos manda al hijo varón a estudiar, a labrarse un futuro lejos de la comunidad. Será él el que salga del círculo de pobreza. La niña no.La niña repetirá como hicieron su madre y abuelas, el modelo de vida diseñado para ella. creado para ella. Aprender a leer y escribir, a cuidar de la casa y de sus hermanos, a trabajar en el campo, casarse y empezar a servir a su marido, y en el mejor de los casos convertirse con apenas 13 o 14 años en maestras de la guardería.

Esta dura realidad de la mujer bereber en el Atlas contrasta con su actitud llena de vida y alegría, con una constante sonrisa en la cara pese a vivir en una sociedad en la que no cuentan.
Frente a esto, la Asociación El Bassma, única organización presente en el pueblo, lleva a cabo un proyecto de guardería para que las madres puedan dejar a sus hijos mientras van a trabajar al campo, y una cooperativa que tiene como objetivo empoderar a las mujeres de Ait Yakoub a través de la valorización de su trabajo.


Ait Yakoub está lleno de historias de mujeres fuertes resignadas a vivir a la sombra de los hombres, sin poder de decisión y subyugadas a un sistema patriarcal que parece no cambiar de una generación a otra.



martes, 18 de diciembre de 2018

Nos están matando

Hoy me levanté con un nudo en la garganta. Bueno, ayer también lo tenía, y antes de ayer, y cuando vuelvo sola de noche a casa, y cuando mi amiga no se acuerda de decirme que ha llegado bien, y cuando mi hermana me envía la ubicación para que sepa donde está, y cuando mi otra amiga tiene una cita con un chico que apenas conoce, y cuando camino sola, y cuando a mi madre se le estropea el coche en medio de la nada, y cuando, y cuando, y cuando...


Son tantos los cuandos, los por qués de ese nudo en la garganta, de ese miedo constante a ser la víctima, a ser ese +1 en la larga lista de mujeres víctimas de violencia, de abuso, de violanción. Ese miedo constante, intrínseco parece a la condición de mujer, a ser la siguiente, que a veces me paraliza.
Me paraliza el miedo, la injusticia y la negación. La negación de una realidad que afecta a más de la mitad de la población por parte de la otra mitad privilegiada que NUNCA sentirá lo que es caminar sola por la noche, cruzarte con un grupo de personas del sexo opuesto, que te juzguen por llevar falda o llevar velo, que te maten por ser mujer. El miedo con el que se nos ha enseñado a vivir desde pequeñas, en vez de enseñar al otro a no atacar, a no tocar, a no juzgar, a no violar, a no abusar, a no matar. Y la injusticia, la injusticia por una "justicia" patriarcal que sigue culpando a la mujer, que sigue protegiendo al machismo, al monstruo que se esconde detrás de las copas de mas, del alcohol que culpabiliza a la víctima y exculpa al culpable; que sigue protegiendo al explotador, a los explotadores de las jornaleras marroquíes de Huelva que son acosadas y a las que nadie protege; a los violadores de niñas que porque "parecían más mayores" se libran de ira a la cárcel o a los asesinos de mujeres.

Esta sociedad que en vez de educar a no violar enseña a protegerse, que no educa en la igualdad, que retrocede. Una sociedad, un país que permite que más del 50% de su población tenga miedo a salir sola a la calle tiene un problema. Una sociedad, una población que no reconoce este lacra, tiene un problema.

Si crees que exageramos, si crees que no es para tanto, si crees que no tenemos razon, lo siento, pero vives en una realidad paralela.
España es machista, racista y patriarcal. No estamos locas, nos están matando. No estamos locas, solo queremos ser libres. No estamos locas, solo queremos seguir vivas.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

Islamofobia


Los " yo no soy racista" o " yo no soy islamófoba" me chirrían, me molestan. 
Me molestan porque la gente que lo dice, sigue llamando moro al marroquí y sigue pensando que una mujer con velo está oprimida. Me molesta porque en el fondo siguen pensando que un español no puede ser musulmán y que un musulmán nunca será español.
Pero especialmente me molestan esos y esas que se alzan como portavoces de la libertad de las mujeres, del feminismo, pero acaban el discurso negando la existencia del feminismo islámico, promoviendo la prohibición del hiyab y diciendo, cómo no, "si nosotras cuando vamos nos adaptamos ellas también lo tienen que hacer aquÍ".
Aún espero el día en que me digan que me tengo que tapar en Marruecos. Porque señores y señoras en los países árabes hay iglesias y fíjate que hasta se puede comprar jamón.
Esto es islamofobia, es rechazo al Islam y a todos y todas las que lo profesan, es estigmatización continua de un colectivo, son prejuicios y es ignorancia. Es ignorancia y falta de conocimiento y ganas de no saber. Es una superioridad moral que lleva a condenar al otro, a un otro que es parte del nosotros.
Cada día son cientos los comentarios islamófobos y racistas que aparecen en redes sociales. Cada día son cientos los mensajes que escupen odio hacia los hombres y mujeres musulmanas. Cada son cientos las personas que se ríen de los chistes racistas y xenófobos, de bromas que no lo son y de comentarios que faltan al respeto.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Miedo

Hoy el desayuno se me ha atragantado, el café me ha sabido amargo y no he querido ni encender la televisión. Hoy escribo con miedo, pesar y frustración, mucha frustración.

Miedo por ver como un partido de extrema derecha que defiende ideas que recuerdan a tiempos pasados, a dictaduras rancias, a sistemas fascistas, ha conseguido 12 escaños en un parlamento autonómico. 12 escaños que se traducen en más de 300.000 votos.

Miedo porque 300.000 personas han votado a un partido que defiende que el feminismo es un movimiento radical, que quiere eliminar la ley de igualdad de género y la ley de memoria histórica, que dice que la familia es solo hombre y mujer, que los inmigrantes debe irse a sus países, que las fronteras se debe cerrar con muros "impenetrables", que el franquismo no fue una dictadura fascista, que el aborto o el cambio de sexo no lo debe garantizar la seguridad social, que la sanidad pública solo debe ser para los españoles, que se debe prohibir el islam en las escuelas y perseguir a quien lo practica.

Miedo por pensar que esas 300.000 personas han votado sin saber, y más miedo aún por pensar que han votado aún sabiendo lo que defiende. Miedo porque el populismo más radical, xenófobo, racista, islamófobo, homófobo, clasista y fascista ha calado entre la población.

Hoy siento pesar por los compañeros y compañeras andaluces que se tendrán que enfrentar a un gobierno donde no se respete la igualdad y la tolerancia, donde los "otros" sean juzgados y no sean respetados, donde la interculturalidad no se entienda y donde la tradición más rancia vuelva a aparecer.  Siento pesar por los andaluces y andaluzas que ven como sus derechos se van a ver recortados por ser personas racializadas, gays, lesbianas o transexuales, mujeres maltratadas, y así hasta completar un largo etcétera.

Y también siento frustración porque no paro de pensar cómo un partido como VOX que defiende ideas retrógradas que atentan directamente contra la diversidad que es España, contra la memoria de muchos y muchas, contra la igualdad de todos vengamos de donde vengamos y profesemos la religión que profesemos, contra la lucha de año por conseguir derechos para determinados colectivos. Siento frustración por pensar en las generales, por pensar que ese "hombre" va a decidir algo sobre cómo es mi país, sobre cómo es mi sociedad.

Yo quiero una sociedad enriquecedora, diversa, mixta, donde haya gente de todo tipo; yo no quiero su sociedad, no quiero una sociedad marcada por el odio hacia el diferente o hacia el igual, marcada por la estigmatización y los prejuicios.

No sé qué pasará en las generales, qué pasa en otras comunidades, pero solo espero que esto no se repita por nuestro bien, por el de la gente que nos importa, por el de la gente que lo pasa mal, por el de la gente que tiene que huir de sus países y busca refugio en España. Espero que este miedo que me azota por dentro hoy no se vuelva a repetir, porque entonces el futuro al que nos enfrentemos será oscuro, muy oscuro. Será un futuro que no deseo a nadie. Será un futuro donde el discurso del odio triunfe, y yo no quiero un futuro así.