Hace no mucho tiempo una mujer me decía que había sido una “valiente” por casarme en plena pandemia. Yo asentí con la cabeza y me quedé pensando en la palabra valiente y en lo fácil que parece todo desde el privilegio del pasaporte rojo.
Casarse en España, entre españoles, es un trámite, es pedir cita en el juzgado, en la iglesia o en la mezquita e ir a firmar los papeles. Es esperar en el peor de los casos dos o tres meses. No necesitas nada, ni capacidades, ni apostillas de la Haya, ni traducciones juradas.
Vale, lo admito, quizás si quieres poder celebrarlo en ese restaurante de moda, en esa iglesia tan cotizada o con esa banda de música, necesites empezar un poco antes, pero al final todo el fácil, no hay problemas. No hay fronteras.
Sin embargo, cuando existe una frontera por el medio, todo cambia. Cuando tu pareja no tiene pasaporte rojo, cuando vive al otro lado del estrecho, al otro lado de la frontera; de esa frontera que mata, que deja huérfanos a padres, madres e hijos por igual; que rompe vidas, que ahoga deseos y que olvida, todo cambia.
Es entonces cuando casarse, algo tan sencillo, algo tan bonito, se convierte en una carrera de obstáculos. Una carrera para demostrar que te quiere, que lo quieres, que no es mentira, que todo es verdad. Una carrera que agota, que deja sin fuerzas, que estigmatiza, juzga y a veces, no quiere entender. No quiere entender que el amor existe, que la relación es verdadera, que la distancia duele pero no rompe. Que todo es de verdad.
Tener una relación con una persona del otro lado del estrecho son comentarios y son dudas. Dudas del resto, miradas, frases, bromas que no lo son. Es demostrar.
Demostrar continuamente, hasta el agotamiento. Demostrar a la sociedad que es verdad, y a las autoridades que todo es cierto.
La capacidad. Una capacidad matrimonial que debe capacitarme a mí, porque entiende que yo no sé, que yo, que nosotros, no podemos decidir lo que queremos hacer. Una capacidad que nos infantiliza, que nos trata como menores influenciables, como personas que necesitamos de alguien más, de un estado, de un funcionario, de una administración que nos diga que sí, que podemos casarnos, que nos queremos, que todo es verdad.
Preguntas, respuestas con miedo, por si te equivocas, por si ese día se te olvida cuál es su comida favorita o el número de su calle. Preguntas de un extraño, una persona que no te conoce, que no sabe nada de tú vida ni de la de él, pero que tiene en sus manos el permiso, el decir sí o no. Tu futuro está en sus manos, en que las fotos le gusten, en que crea las respuestas, en que, en veinte minutos, decida si es amor de verdad o no.
Un extraño al que le cuentas tus planes de vida, tus intimidades, tus deseos, que ve tus fotos, las mira y analiza.
Toca esperar. Esperar un día, y otro, y un mes, y dos, y tres, y así más de 15 hasta que llega. Llega el papel que esperas. Aprobado. Más ilusión que la nota de selectividad. Un año y medio de espera y parece que sí, que España nos deja, que nos permite casarnos.
Que ese funcionario o funcionaria al que se interesaba tanto cuál era nuestro plato favorito o por qué yo no hacía deporte ha dicho que sí, que es amor de verdad, del real, que no es mentira, que a sus ojos, nos podemos llamar pareja.
Pero la cosa no acaba aquí, tocan más entrevistas, más papales, mas idas y venidas, más “ espera” más “no sé”, más preguntas. ¿Cuánto gano? ¿dónde trabajo? ¿dónde nos conocimos? Me siento como esas famosas a las que preguntan por la calle y persiguen reporteros, pero en este caso no son reporteros con cámaras, son funcionarios, policías, más funcionarios y más policías. Son certificados médicos, pruebas de no embarazo, apostillas, fe de vidas, traducciones juradas...
Y por fin llega el día, tenemos el visto bueno. Después de más de dos años de espera y una pandemia. Ya está, por fin, no me lo creo. No nos lo creemos. ¿Está pasando de verdad o aún falta algo?
Después de tanto tiempo de esperas, de viajes, de idas y venidas, por fin. Firmamos. Firmamos ese papal tan ansiado, y ya está. No queremos una gran fiesta, ni muchos invitados, ni regalos ni ropa de etiqueta, porque ya está. Parece mentira. Aún no me lo creo. Aún no nos lo creemos.
Qué difícil amar en tiempo de frontera, qué difícil querer con distinto color de pasaporte, qué duro tener tu futuro en manos de otros.
Espera. Espera. Espera. Un poco más, un poco más. Ya está.