Era un lunes de noviembre, las nueve de la noche, y el invierno se hacía notar en Madrid cuando salía de mi clase de árabe.
Era un lunes de noviembre, cuandoo, mientras escogía que canción iba a amenizar mis apenas 20 minutos de trayecto hasta llegar a casa, lo ví.
Era un lunes de noviembre cuando algo hizo "clic" dentro de mí. A un lado de Gran Vía, sentado y con la mirada perdida, estaba él. Un señor, entrado en los cincuenta o incluso rozando los sesenta. Encorbado, con la cabeza gacha. Ante él, un cartel escrito a mano en el que se leía algo así como "no tengo trabajo, pido una ayuda. Gracias", y una lata con unas cuantas monedas. Un gorro de lana, unos guantes a juego, y un abrigo que reflejaba los años de batalla.
Era un lunes de noviembre, cuando este señor, del que desconozco su nombre, porque no fui lo suficientemente valiente para preguntar, me rompió por dentro.
Era un lunes de noviembre, cuando la mirada curtida en la calle de un señor que podría ser mi abuelo, o el tuyo, me reconfortó como poca gente lo ha hecho. No sé que fue, lo que me hizo darle un euro, un simple euro, pero el gesto de agradecimiento de este hombre, valió cada céntimo.
Era un lunes de noviembre, cuando me di cuenta de cómo la falta de empatía asola esta ciudad, así como lo hacía la peste negra en el siglo XIV; cómo infecta a cada uno de los viandantes, a cada uno de nosotros, que pasamos sin mirar, porque tenemos miedo a cruzar miradas; que esquivamos por miedo a tener que pedir perdón a aquellos que ven en las aceras su única opción.
Era un lunes de noviembre, cuando vi a este señor por última vez, porque he vuelto a pasar, pero ya no está. He vuelto a pasar cada lunes, en busca de su cartel, pero se ha ido. No sé que habrá sido de él si ha cambiado de calle, de barrio o de ciudad. Solo espero que esté bien, y que siga regalando miradas a la gente como esa, porque la ayuda me la dio él a mí, no yo a él.
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