Hace no mucho, volvía de un viaje a Grecia con unas amigas, y fue enconces cuando el aeropuerto, esta vez el internacional de Atenas, me dio otra historia que contar. Una historia de un grupo de personas, de un grupo de refugiados posiblemente de Siria o Iraq que se dirigian a España.
Una historia de un grupo de luchadores que se han visto obligados a dejarlo todo atrás, a arriesgar sus vidas y las de sus hijos para tener un futuro, para huir del horror de la guerra.
Una historia de niños. Niños que con apenas cuatro, cinco, seis o siete años se han visto obligados a ver el peor lado del ser humano; de niños que se han despertado entre bombas, que han vivido entre escombros y metralla; y a los que les han arrebatado la infancia.
Una historia de adolescentes solos; adolescentes que se han visto inmersos en un conflicto que no querían, y que han tenido que dejar atrás a sus familias para poder salvase. Porque de eso se trata, de sobrevivir.
Una historia en la que destaca un chico moreno, de unos dieciséis años, no muy alto y de ojos negros. Un chico nervioso. Un chico que se muerde las uñas y el labio; y que no para de moverse desde que llega a la puerta B11 hasta que empieza a embarcar.
Es este chico, el que llama mi atención y me llena los ojos de lágrimas. Es la historia de este chico con la mirada perdida, ansioso por lo que le depara el futuro, y mil y una veces decepcionado con el mundo, lo que hace que me gusten los aeropuertos.
Nunca sabré su nombre, ni a dónde va, ni de dónde viene; nunca sabré si se ha reencontrado con su familia, si tiene hermanos, a qué se dedica; nunca sabré su verdadera historia.
Así que, chico del aeropuerto, espero que tu llegada a España haya sido buena, que el futuro que te han robado lo recuperes aquí, y que te vaya todo muy bien. Y gracias. Gracias por enseñarme cómo puede ser la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario