jueves, 11 de mayo de 2017

"Hemos perdido nuestro país, nuestra libertad y nuestros derechos"

Poco pasaba de las cuatro y media de la tarde cuando, entre el ruido de las sillas y el "¿quién tiene la lista?", entraba él. 

Ábito a dos colores (granate y amarillo, para los curiosos); libro en mano (cortesía del máster); sonrisa perenne solo interrumpida por el (no) recuerdo de su madre; y una risa un tanto histriónica, conformaban al monje tibetano,Thubten Wangchen.

Exiliado desde hace treinta años en España, el niño que un día se vio obligado a abandonar su país, junto a su padre y sus hermanos, y a mendigar en las calles de Nepal e India; trajo a una sala llena de estudiantes de máster una realidad desconocida por muchos y obviada por demasiados.

2.144 años de historia de un país que ha visto como sus vecinos lo han invadido y como la sociedad inernacional le ha dado la espalda. Rico en uranio y con gran posición geoestratégica; el Tibet levantó el interés de China, que en 1950 decide invadir el país, causando, hasta el momento 1.200.000 muertos y 150.000 exiliados.

Sin embargo, hay algo en la población tibetana, encarnada en Wangchen, que hace que no la palabra "rendirse" no esté en su vocabulario, pese a que la justicia, como se pudo ver en España, no esté de su parte.

Una resistencia pacífica, encabezada por el Dalai Lama y basada en la búsqueda de paz interior, la armonía y "el buen corazón"; una lucha de un pueblo oprimido y cuyas únicas armas son la justicia y la razón.

La reforma de la ley de jurisdicción universal llevada a cabo en 2014 y aprobada por el gobierno del PP de Mariano Rajoy; no fue más que otro escollo, otra zancadilla, en la búsqueda de justicia, en un mundo en el que priman los intereses económicos a los derechos humanos.

Un mundo, donde una llamada de teléfono puede hacer cambiar una ley; y donde la presión de un estado, puede conseguir la impunidad. La impunidad de aquellos que no creen en la libertad, que no creen en la democracia.

No sé si fue la pausa con la que hablaba; la obligación moral de ponerse en la piel del otro; ese aura de paz y tranquilidad que lo rodeaba; o el deseo de justicia, lo que hizo que se me pusiese la piel de gallina.

Muchos dirán que el mundo no es una utopía; que el difícil cambiar a la sociedad; y que los poderosos siempre seguirán ganando; pero yo me niego a aceptar que todo va a seguir igual. Yo me niego a conformarme, me niego a tirar la toalla; me niego a perder la esperanza por el Tíbet, por Palestina, y por todos esos pueblos oprimidos que ven como la sociedad internacional le da espalda

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