-Salam, bonjour. Magnets. One, two, three, four dirhams.
-Espera. Ven.
.¿Cuántos años tienes?
-8
-¿No te vas a casa?
-No, aún no.
Son las nueve de la noche en Fez, y un niño con chilaba negra y una bolsa con imanes se nos acerca. La bolsa se rompe, le caen los imanes. Chefchaouen, mezquitas, cuadrados, rectangulares, doblados, con las esquinas un poco rotas, imanes de todo tipo. El niño, llamémosle Karim (generosidad en árabe), dice que tiene 8 años, apenas aparenta 5. Delgado, más bajito de lo normal y solo. Solo merodea por la medina antigua de una ciudad que por las noches, sin las hordas de turistas en las calles y con las tiendas cerradas, no es apetecible ni para un adulto acompañado ni mucho menos para un niño solo.
Nos sigue por la calle, busca cuatro dirhams, unos 40 céntimos, para ayudar a su familia. No sabemos donde vive, si tiene hermanos, hermanas o padres, la conversación no da para tanto. Nos falta un dirham, se viene con notros hasta que lo encontramos y se lo damos. Nos da las gracias, nos ayuda a escoger el imán que ahora guardo en mi habitación y se va. Se va con la bolsa doblada, calle arriba, en busca de más clientes.
No puedo dejar de pensar en cómo estará, en las cosas que habrá vivido, en la mala gente con la que se habrá cruzado en su camino. No puedo dejar de pensar lo afortunada que soy. A esas horas un niño tiene que estar en casa, cenando y preparando la mochila para el día siguiente ir a la escuela.
A esas horas, un niño no debe estar en la calle solo vendiendo imanes a cuatro dirhams.
No hay comentarios:
Publicar un comentario