Dicen que la felicidad se encuentra en el lugar menos pensado y cuando menos te lo esperas. Yo la felicidad la encontré hace apenas dos meses en Errachidia, una ciudad al sur de Marruecos. Una aventura de apenas dos semanas que cambiaría mi forma de ver la vida.
Cuando a finales de mayo me apareció el anuncio de la organización El Bassma en Facebook, nunca pensaría que gracias a ellos, Marruecos se convertiría en mi segunda casa. Cientos son los anuncios patrocinados que día sí y día también saltan en tu muro de Facebook; y cientos son los anuncios que ignoras día sí y día también. Sin embargo, aquella tarde, y tras varios días de búsqueda de un voluntariado que entrase dentro de mi presupuesto de estudiante/parada, me fijé en esa organización.
Sabía lo que quería, el mundo árabe me llevaba interesando desde hace años, y ese país del Magreb estaba en mi lista de destinos que visitar; también sabía que esta vez no quería el típico viaje de turista de hostal y bocadillo (que no está nada mal). Esta vez sabía que quería hacer algo más útil, quería viajar, sí, pero también quería ayudar, hacer algo útil para intentar cambiar un mundo que no me gusta.
No sé si fue el destino, la ciencia infusa o el qué, pero sé que en ese anuncio me fijé. Entré en la página, y para qué engañarnos, lo primero que me llamó la atención fue el precio, 240€, asumible, pensé. Entonces se me planteaban varias ciudades, y tampoco sé si fue el destino o el qué, pero me decanté por Errachidia, de la cual no conocía nada, y por el proyecto de pintar de escuelas (quién me iba a decir a mi, que al final pintaría solo dos días).
Realizar el pago y listo. El voluntariado en Marruecos ya era una realidad. La espera se hizo larga, no podía aguantar las ganas de que llegase ese 15 de julio, y coger el vuelo a Marrakech. El día llegó y entonces empezó el verdadero viaje.
Ser de un pueblo pequeño y decir que vas a Marruecos puede tener consecuencias desastrosas, porque desgraciadamente, los estereotipos y las ideas negativas que se tienen en España sobre Marruecos empezaron a florecer en cada comentario de cada persona a la que se lo contaba. El "ten cuidado" se convirtió en el pan de cada día. Sin embargo, lamento decepcionar a todos aquellos que me describían el país vecino como bárbaro, machista, retrógrado...(aún sin haber estado nunca); que no es obligatorio el uso del hiyab (igual había gente que pensaba que en aeropuerto lo daban de regalo); que en ningún momento recibí ningún insulto o comentario machista (en Madrid, donde vivo, más de una vez); que los coordinadores marroquies fregaban los platos, ponían la mesa, limpiaban, igual que los españoles; y que la gente desborda hospitalidad.
Aclarando estas ideas para aquellos que piensen que nuestras culturas son incompatibles, que el país es peligros y demás, permítanme decirlo, sandeces; las dos semanas se conviertieron en 15 días de lecciones de vida. Por azar o destino, acabé y lo agradezco enseñando inglés durante una hora al día, y haciendo actividades con niños otras dos. Tengo que confesarlo, no fue azar, fue la mirada de los niños que vi en la calle. Fue en ese momento, durante un paseo por el barrio, cuando me di cuenta de que pintar estaba muy bien y era una labor encomiable, pero que yo quería formar parte de la vida de esos niños.
Niños que me enseñaron a disfrutar de la vida, a olvidar lo material, a ver que con un folio y unas acuarelas se puede disfrutar; que los globos de agua son el mejor aliado cuando azota el calor; y que los abrazos son la mejor medicina. Unos niños de los que aprendí lo importante que es la familia, porque asombrar ver como los hermanos se esperaban al salir de clase, como cuidaban unos de otros. Como un día, que uno de los niños ganó una galleta de chocolate jugando al ahorcado, y en vez de comérsela el solo, la compartió con sus dos hermanos pequeños.
Sus sonrisas, sus miradas de agradecimiento por una libreta hecho con tres folios, o una piruleta; se convirtieron en la mejor de las recompensas. No se me va olvidar cuando el ultimo día Salma me dio su diadema; las lágrimas de nadia en su despedida; el dibujo de Marwan que me dio su hermana Ikram; o los folios dibujados que cuelgan en la pared de mi habitación.
Tampoco se me va a olvidar las clases de inglés en las que solo participan cuatro personas porque el resto tenía vergüenza; como me llamaban teacher, y se reían de mí cuando intentaba pronunciar alguna palabra en dariya; ni me olvidaré del karaoke, la zapatilla por detrás, o lo difícil que era seprar a los niños y a la niñas cuando se hacían juegos en equipo. Ni me olvidaré de Mohamed y su timidez; ni de Mohamed Amin, el traductor de la clase.
Dos semanas que se convirtieron en toda una experiencia de vida, por lo niños, y por la gente. Porque qué suerte coincidir con gente tan maravillosa. Qué suerte elegir aquella habitación la primera noche, qué suerte decidir subir a la terraza (el calor era imposible y los ventiladores eran como abanicos de papel); qué suerte la excursión al desierto, las clases de árabe, las clases de cultura. Qué suerte coincidir con tan buenos coordinadores, y qué suerte que algunos ya formen parte de mi historia para siempre.
Hace un poco más de dos meses no sabía donde estaba Errachidia; y hoy tiene un lugar en mi corazón. Sé que el destino me va a llevar allí otra vez, son muchas las sonrisas que quiero volver a ver. Así que como dicen mis amigos marroquiés Insha Alah
Que buena experiencia, Maria!
ResponderEliminarBienvenida Maria en Marruecos
ResponderEliminarTienes casa aquí tmb